Domingo, día de fútbol.

Era yo muy chico. Tendría 11 o 10 años. Estaba en Séptimo y al año siguiente sería Octavo y la cosa vendría bárbara.

Jugaba fútbol en el equipo del barrio, federado. Era centro, de arriba, extremo por la izquierda. Flacopiri me decían o sólo flaco. Era muy flaco, deberían haberme visto. Jugábamos con un balón gris que se despellejaba con sólo mirarlo, pero tan duro que era capaz de soportar una bomba hache. Duraban una eternidad. Darle de cabeza, aún preparado, era prepararte para un dolor de días y un más que seguro chichón. Yo le daba de coronilla, de cuerno, hacía como el que no llegaba, con tal de no darle de lleno con la frente. En una ocasión le di justo entre las cejas y la nariz y se me saltaron las lágrimas por toda la tarde.

No teníamos entrenador de porteros, ni fisio, ni utillero, ni preparador físico. Todo recaía en el entrenador, Perico el calenturas. Era la persona que más rápido hablaba del mundo, con lo que casi nunca nos enterábamos de los entrenos que mandaba y acababa gritando y pitando como un loco. Si no fuera por que a veces él mismo lo hacía primero o era algún ejercicio ya conocido, nada de nada.

Yo era asiduo en el once inicial, simplemente por que corría que me las pelaba. Tenía las patas largas. Todo lo que hacía era estar pendiente de no caer en el fuera de juego, correr la banda y centrar procurando que el balón se levantara del suelo. Si se jugaba por la otra banda me acercaba a mi esquina del área, por si pescaba algo.

Les juro que cuando centraba no apuntaba ni nada. Ni siquiera miraba si había alguien en el área. Sólo apretaba la cara, pegaba el punterazo y procuraba que fuera lo más alto posible. Para cuando el balón caía ya había una polvareda enorme en el área que me impedía ver nada. En alguna ocasión, de entre el polvo salían los míos de vuelta al campo con los brazos abiertos. Había sido gol. El centre había sido mío.

Recuerdo a Marquitos. Era el mejor. Tenía el pelo rizado corto y del mismo color que la piel y los ojos, tostados. Sabía en todo momento lo que hacer y siempre estaba concentrado en el juego. Podía dar mil toques por segundo o sólo un par de ellos para salir de cualquier situación. Ahora, era un mal bicho, dentro y fuera de la cancha. Marrullero como él solo, subido y un chupón de cuidado. Tenía toque pero no potencia y era también muy flaco. Más listo que el hambre, hacía tackles a la espina y se levantaba como si nada, miraba cerca al balón esperando que sacaran y acababa por poner de los nervios al otro.

Fernandito era el que lo sacaba de las riñas siempre. Era el único que podía decirle a la cara eres un chulo, a Marquitos. Era forzudo aunque bajito, bien plantado en la defensa, era de esos defensas de antes que tenían la obligación de estar arriba a cada rato, con o sin balón.

Julián Cobo, un mulo pero un pedazo de pan. El más alto. Jugaba de todo por que tenía un gran físico, pero sobre todo delantero, aunque no tenía maldad para ello. Ganaba las peleas y aún así, lloraba, ¿pueden creerlo? Castro era otro, que tenía el pelo muy lacio y rubito, no jugaba bien, tenía los pies fofos, ladeados. Luisito, muy pequeño y travieso, siempre changándose de todos, aún después de currarle más de uno. Éramos muchos.

Como infantiles de primer año, los demás equipos nos daban lo nuestro casi siempre. La idea del mister era mover el balón, aprender, pasar siempre con el interior del pié, después de haberlo controlado, cuatro cogidos con una cuerda imaginaria por donde debía circular el balón. Nos hubiera ido mejor habiendo jugado para Marquitos.

Un día en una falta, no se lo van a creer. Marqué gol. Era al borde del área grande. Lejísimo. El mister se empeñó tírala tu. Y yo empecé a rezar a un Dios recién recordado. Sólo pensaba en no hacer el ridículo. Portero a la izquierda, en su palo. Barrera a la derecha, muy cerca del balón. Les juro que no sé como fue. Di mi puntapié de rigor al cuero (el morado me duró en el dedo gordo más de lo normal) y éste se elevó por encima de la barrera muy alto. Pero bajó y entró cerca del palo contrario al portero, a media altura. Éste ni lo vio, nadie lo esperaba. Se tiró muy al final, para que no lo riñeran. La puerta le venía enorme. Se puso de tierra hasta el calzón.

Las botas y la elástica me quedaban como dos números más grande y me ponía dos calcetas para amortiguar y que no se me salieran. Íbamos de rojo arriba, verde el pantalón y medias blancas. Recuerdo el día que nos enfrentamos fuera al Atlético Luz de Juventud, “la pequeña Juve”, con sus casacas azules marino, impecables, sus números blancos blanquísimos y su temible juego. Iban los primeros y nosotros de los últimos. Nos dieron a base de bien. El calenturas me cambió. Caí varias veces en fuera de juego y no lograba irme ni una vez de mi marca. En el banco me di cuenta. Mejor dedícate a estudiar, flaco, que el año que viene es octavo. Lo dejé.

Aquello era fútbol de verdad. Tendría yo 11 o 10 años.

3 comentarios

  1. Realidad o ficción?? A saber… es una buena visión de los Domingos de fútbol, aunque yo no se por qué tengo otra.. coche, asiento trasero, radio puesta, locutores enloquecidos, gritos de gol, resultados, quiniela… y no se por qué pero cuando hoy día escucho lo mismo en la radio no me gusta, tal vez porque cuando eres pequeño y escuchabas eso significada que era Domingo tarde, triste tarde final de fin de semana, inicio de semana de cole…

  2. Siento ambigüedad por las tardes de domingo, por un lado, me gusta el hecho de oir/ver un partido de fútbol, cantar gol, etc…si todo va bien, no hay problema, pero si la cosa se tuerce, y es por lo que tampoco me gusta, apagas la radio y la soledad de los solitarios como yo, aparece, y no hay lugar en el que refugiarse. Sólo cabe esperar a que caiga la noche y dormir esperando una nueva semana.
    Me gustaría volver a ser un niño y disfrutar de las tardes de los domingos en el campo, pegando patadas a un balón y comiendo paella hecha en familia.

  3. Leyéndote le vienen a uno muchos recuerdos, de cuando no había mandos de la play para manejar al Real Madrid, como mucho un mango de futbolín. Mi día de fútbol era, curiosamente, los sábados. El enano Cascarrabias debe recordarlo bien, jugábamos juntos y perdíamos juntos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: