Historias del Barrio. Pelea.

Eran las cinco de la tarde.

En el barrio, una sirena anunciaba el paso forzado y brusco de la somnífera sobremesa adulta a la estrepitosa, alegre y bulliciosa tarde de los infantes. La salida de la escuela se producía normalmente a esa hora. Aún se iba al cole por la mañana y por la tarde.

Puede que fuera el barrio que más colegios por habitantes tenía de toda la ciudad. Estaba dividido en grandes manzanas cuadrangulares, todas ellas alrededor de un colegio central. Tenían nombres de poetas de la tierra, aunque nadie lo supiera. Yo recuerdo al menos cuatro colegios. Además, todos iguales en hechuras.

Desde mi ventana en un bajo de una calle con nombre de Virgen (todas las calles tenían nombres de Vírgenes), se podía observar siempre el espectáculo. Aquel día fue muy distinto. Nuevo. Y pude verlo con mis propios ojos.

Lo que me alertó a asomarme al ventanuco fue un repentino cambio en el griterío de los chiquillos. Todo se atemperó de repente como si hubieran visto un fantasma al unísono. Más o menos así era.

Antes de seguir es menester que os ponga en situación sobre quién era El Gule. El Gule y sus hermanos menores eran los gallitos del barrio, los matones. Eran gordos, muy gordos, pero fuertes y rápidos en lo suyo. Tenían un cierto don para el mal. Por ejemplo: No jugaban al fútbol ni para atrás, pero empeñando balones para fastidiar eran únicos. Un momento de despiste y tenías el cuero embarcado en el tejado naranja. Eran letales.

Pues bien. Aquella tarde, por alguna extraña razón, El Gule la había tomado con un joven gitano, de coleta de pelo largo, flaco pero no endeble, de mirada noble pero no estúpida. Yo no lo conocía. No me juntaba con gitanos. El Gule era payo.

Ni idea de porqué discutían, pero el redondel de críos y niños gritando y jaleando pelea pelea no dejaba lugar a dudas de que allí se repartiría candela en breve. Por supuesto el Gule pasó directamente de las miradas insinuantes, los escupitajos y los retos frente contra frente a coger al chaval por el cuello. Éste se revolvió y lo que prometía una pelea a cates limpios acabó como todas. Los dos cogidos por el cuello, dobladas las cinturas y forcejeando sin  sentido alguno, asfixiados.

Ahora viene lo bueno: El Gule vivía muy cerca y se jactaba, bocazas grandilocuente, de que su padre había estado en la cárcel, y tenía escopeta en casa. Pues bien. Hizo aparición el susodicho padre.

No más lo advirtió el gitano, dejó de pelear, cayendo al suelo y quedándosele El Gule encima, todo lo pesado que era. El gitano no hacía sino que decir “Gule, ahí está tu padre, Gule, que ahí está tu padre”. El padre no movió ni un músculo para separar a los críos. Todo lo que hizo fue decirle a su vástago que cómo se podía dejar pegar por un gitano, que acabara ya y para casa. El gitano, ni un movimiento. Quieto como estatua.

Cuando el Gule se cansó de estar encima se levantó apoyándose en el cuello del gitanillo, y arreándole una patada en la pierna como despedida. A traición. El gitano simplemente se levantó y se marchó.

Al día siguiente, nuevamente la sirena sonó poco después de que el bullicio de padres y hermanos mayores se reuniera a las puertas del colegio para recoger a los chiquillos. Minutos después estuvo todo despejado y de la nada apareció el gitanillo llamando a grito pelado al Gule.

Mismo escenario pero distintos espectadores. El gitanillo se había hecho acompañar de sus mayores, sus primos, los mayores de sus primos, vecinos y patriarcas en la distancia (sobreros negros en la cabeza, bastón anudado de ristras de cuero, jamás se me olvidarán de la memoria. Ni siquiera miraban en la distancia). Grandes mujeres de pechos enormes acarreando a bebés, Gitanos con patillas grandísimas, otros con sombrero de ala, otros con pañuelo, otros con los “oros” a la vista. Había hasta uno con una guitarra. Yo no sé ni cuántos habría, pero ninguno vino a otra cosa que no fuera hacer acto de presencia, a mirar. Cuando El Gule llegó al improvisado ring, acompañado únicamente de sus dos hermanillos, el muchacho gitano le inquirió:

“Vamos a pelearnos ahora, Gule. Que ya está aquí mi padre también”.

Eran las cinco de la tarde.

3 comentarios

  1. Al final no hubo pelea pero, para mi, el gitanillo ganó los dos asaltos.

  2. MMMM… y de fono sonaba la musica del Barrio? ajajajajaja
    Muy bueno si señor.

  3. Es que desde ese bajo se contemplaban shows de los buenos buenos…

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