Gracias, Don Arturo

He de confesar que nunca he leído un libro del Señor Arturo Pérez Reverte. He visto Alatriste y me gustó y sé que se hizo escritor más o menos a mis años (vamos, que su primera novela se publicó cuando rondaba los treinta y pocos o treinta y muchos o treinta y cuarto y mitad de mortadela, con aceitunas).

Arturo Pérez Reverte, imagen de su web.

También confieso, padre, que cuando me acerqué por primera vez a sus artículos de El Semanal, ahora XL Semanal, el tipo me resultó algo pedante, malhablado y sabiondillo. Poco después descubrí, él lo dejó caer en una de esas columnas, que era poco menos que un rol adoptado, una máscara como en el teatro clásico. Ya era demasiado tarde, pues yo ya estaba enganchado a sus artículos.

Es lo primero (y a veces lo único) que leo de esa revista, cuando cae en mis manos y en cierta ocasión circulaba por mi casa un libro que recopilaba no pocos de esos textos. Me lo devoré en pocos días, aunque ya los había leído casi todos.

Hoy quiero confesar… que también estuve tentado de mandarle una carta  (un mail, ya me entienden) en plan “Señor Perez Reverte, yo quiero ser escritor, como usía… ¿Que tengo que hacer maestro?” y después un “Ayúdeme, por favor, sírvase leer éstas torpes líneas y dígame por fín que no valgo, o lo que sea” y tal vez también “Dígame donde encontrar el manual, recomiéndeme éste o aquel libro, déme un curso on-line…” todo esto poniendo cara de Rumana de metro que pide por pobre, para sus críos, miles.

Pues hete aquí que el otro día abro la susodicha revista con la cara de Di Caprio en portada y me encuentro ésto -lo reproduzco íntegramente por miedo a que se pierda por internet, o se me pierda la revista, por miedo también a no saber encontrarlo y a nosequé más, con permiso del Señor Reverte, por supuesto-:

Carta a un joven escritor (II)

XLSemanal – 02/8/2010

Hablábamos el otro día de maestros: autores y obras que ningún joven que pretenda escribir novelas tiene excusa para ignorar. Ten presente, si es tu caso, un par de cosas fundamentales. Una, que en la antigüedad clásica casi todo estaba escrito ya. Echa un vistazo y comprobarás que los asuntos que iban a nutrir la literatura universal durante veintiocho siglos aparecen ya en la Ilíada y la Odisea -relato, éste, de una modernidad asombrosa- y en la tragedia, la comedia y la poesía griegas. De ese modo, quizá te sorprenda averiguar que el primer relato policíaco, con un investigador -el astuto Ulises- buscando huellas en la arena, figura en el primer acto de la tragedia Ayax de Sófocles.

Un detalle importante: escribes en español. Quienes lo hacen en otras lenguas son muy respetables, por supuesto; pero cada cual tendrá en la suya, supongo, quien le escriba cartas como ésta. Yo me refiero a ti y a nuestro común idioma castellano. Que tiene, por cierto, la ventaja de contar hoy, entre España y América, con 450 millones de lectores potenciales; gente que puede acceder a tus libros sin necesidad de traducción previa. Pero atención. Esa lengua castellana o española, y los conceptos que expresa, forman parte de un complejo entramado que, en términos generales y con la puesta al día pertinente, podríamos seguir llamando cultura occidental: un mundo que el mestizaje global de hoy no anula, sino que transforma y enriquece. Tú procedes de él, y la mayor parte de tus lectores primarios o inmediatos, también. Es el territorio común, y eso te exige manejar con soltura la parte profesional del oficio: las herramientas específicas, forjadas por el tiempo y el uso, para moverte en ese territorio. Aunque algunos tontos y fatuos lo digan, nadie crea desde la orfandad cultural. Desde la nada. Algunas de esas herramientas son ideas, o cosas así. Para dominarlas debes poseer las bases de una cultura, la tuya, que nace de Grecia y Roma, la latinidad medieval y el contacto con el Islam, el Renacimiento, la Ilustración, los derechos del hombre y las grandes revoluciones. Todo eso hay que leerlo, o conocerlo, al menos. En los clásicos griegos y latinos, en la Biblia y el Corán, comprenderás los fundamentos y los límites del mundo que te hizo. Familiarízate con Homero, Virgilio, los autores teatrales, poetas e historiadores antiguos. También con La Divina Comedia de Dante, los Ensayos de Montaigne y el teatro completo de Shakespeare. Te sorprenderá la cantidad de asuntos literarios y recursos expresivos que inspiran sus textos. Lo útiles que pueden llegar a ser.

La principal herramienta es el lenguaje. Olvida la funesta palabra estilo, burladero de vacíos charlatanes, y céntrate en que tu lenguaje sea limpio y eficaz. No hay mejor estilo que ése. Y, como herramienta que es, sácale filo en piedras de amolar adecuadas. Si te propones escribir en español, tu osadía sería desmesurada si no te ejercitaras en los clásicos fundamentales de los siglos XVI y XVII: Quevedo, el teatro de Lope y Calderón, la poesía, la novela picaresca, llenarán tus bolsillos de palabras adecuadas y recursos expresivos, enriquecerán tu vocabulario y te darán confianza, atrevimiento. Y una recomendación: cuando leas El Quijote no busques una simple narración. Estúdialo despacio, fijándote bien, comparándolo con lo que en ese momento se escribía en el mundo. Busca al autor detrás de cada frase, siente los codazos risueños y cómplices que te da, y comprenderás por qué un texto escrito a principios del siglo XVII sigue siendo tan moderno y universalmente admirado todavía. Termina de filtrar ese lenguaje con la limpieza de Moratín, el arrebato de Espronceda, la melancólica sobriedad de Machado, el coraje de Miguel Hernández, la perfección de Pablo Neruda. Pero recuerda que una novela es, sobre todo, una historia que contar. Una trama y una estructura donde proyectar una mirada sobre uno mismo y sobre el mundo. Y eso no se improvisa. Para controlar este aspecto debes conocer a los grandes novelistas del siglo XIX y principios del XX, allí donde cuajó el arte. Lee a Stendhal, Balzac, Flaubert, Dostoievski, Tolstoi, Dickens, Dumas, Hugo, Conrad y Mann, por lo menos. Como escritor en español que eres, añade sin complejos La regenta de Clarín, las novelas de Galdós, Baroja y Valle Inclán. De ahí en adelante lee lo que quieras según gustos y afinidades, maneja diccionarios y patea librerías. Sitúate en tu tiempo y tu propia obra. Y no dejes que te engañen: Agatha Christie escribió una obra maestra, El asesinato de Rogelio Ackroyd, tan digna en su género como Crimen y castigo en el suyo. Un novelista sólo es bueno si cuenta bien una buena historia. Escribe eso en la dedicatoria cuando me firmes un libro tú a mí.

Pero mi sorpresa fué mayúscula cuando bicheando por internet encontré la web que aloja éstos artículos y muchas más cosas de éste señor.

http://www.perezreverte.com/

Y con gran asombro ví que estaba la primera parte, que también reproduciré aquí, por si mal del diablo me se perdiera la dirección o yo que sé.

Carta a un joven escritor (I)

XLSemanal – 27/7/2010

Pues sí, joven colega. Chico o chica. Pensaba en ti mientras tecleaba el artículo de la semana pasada. Recordé tus cartas escritas con amistad y respeto, el manuscrito inédito -quizá demasiado torpe o ingenuo, prematuro en todo caso- que me enviaste alguna vez. Recordé tu solicitud de consejo sobre cómo abordar la escritura. Cómo plantearte una novela seria. Tu justificada ambición de conseguir, algún día, que ese mundo complejo que tienes en la cabeza, hecho de libros leídos, de mirada inteligente, de imaginación y ensueños, se convierta en letra impresa y se multiplique en las vidas de otros, los lectores. Tus lectores.

Vaya por delante que no hay palabras mágicas. No hay truco que abra los escaparates de las librerías. Nada garantiza ver el fruto de tu esfuerzo, esa pasión donde te dejas la piel y la sangre, publicado algún día. Este mundo es así, y tales son las reglas. No hay otra receta que leer, escribir, corregir, tirar folios a la papelera y dedicarle horas, días, meses y años de trabajo duro -Oriana Fallacci me dijo en una ocasión que escribir mata más que las bombas-, sin que tampoco eso garantice nada. Escribir, publicar y que tus novelas sean leídas no depende sólo de eso. Cuenta el talento de cada cual. Y no todos lo tienen: no es lo mismo talento que vocación. Y el adiestramiento. Y la suerte. Hay magníficos escritores con mala suerte, y otros mediocres a quienes sonríe la fortuna. Los que publican en el momento adecuado, y los que no. También ésas son las reglas. Si no las asumes, no te metas. Recuerda algo: las prisas destruyeron a muchos escritores brillantes. Una novela prematura, incluso un éxito prematuro, pueden aniquilarte para siempre. Lo que distingue a un novelista es una mirada propia hacia el mundo y algo que contar sobre ello, así que procura vivir antes. No sólo en los libros o en la barra de un bar, sino afuera, en la vida. Espera a que ésta te deje huellas y cicatrices. A conocer las pasiones que mueven a los seres humanos, los salvan o los pierden. Escribe cuando tengas algo que contar. Tu juventud, tus estudios, tus amores tempranos, los conflictos con tus padres, no importan a nadie. Todos pasamos por ello alguna vez. Sabemos de qué va. Practica con eso, pero déjalo ahí. Sólo harás algo notable si eres un genio precoz, mas no corras el riesgo. Seguramente no es tu caso.

No seas ingenuo, pretencioso o imbécil: jamás escribas para otros escritores, ni sobre la imposibilidad de escribir una novela. Tampoco para los críticos de los suplementos literarios, ni para los amigos. Ni siquiera para un hipotético público futuro. Hazlo sólo si crees poder escribir el libro que a ti te gustaría leer y que nadie escribió nunca. Confía en tu talento, si lo tienes. Si dudas, empieza por reescribir los libros que amas; pero no imitando ni plagiando, sino a la luz de tu propia vida. Enriqueciéndolos con tu mirada original y única, si la tienes. En cualquier caso, no te enfades con quienes no aprecien tu trabajo; tal vez tus textos sean mediocres o poco originales. Ésas también son las reglas. Decía Robert Louis Stevenson que hay una plaga de escritores prescindibles, empeñados en publicar cosas que no interesan a nadie, y encima pretenden que la gente los lea y pague por ello.

Otra cosa. No pidas consejos. Unos te dirán exactamente lo que creen que deseas escuchar; y a otros, los sinceros, los apartarás de tu lado. Esta carrera de fondo se hace en solitario. Si a ciertas alturas no eres capaz de juzgar tú mismo, mal camino llevas. A ese punto sólo llegarás de una forma: leyendo mucho, intensamente. No cualquier cosa, sino todo lo que necesitas. Con lápiz para tomar notas, estudiando trucos narrativos -los hay nobles e innobles-, personajes, ambientes, descripciones, estructura, lenguaje. Ve a ello, aunque seas el más arrogante, con rigurosa humildad profesional. Interroga las novelas de los grandes maestros, los clásicos que lo hicieron como nunca podrás hacerlo tú, y saquea en ellos cuanto necesites, sin complejos ni remordimientos. Desde Homero hasta hoy, todos lo hicieron unos con otros. Y los buenos libros están ahí para eso, a disposición del audaz: son legítimo botín de guerra.

Decía Harold Acton que el verdadero escritor se distingue del aficionado en que aquél está siempre dispuesto a aceptar cuanto mejore su obra, sacrificando el ego a su oficio, mientras que el aficionado se considera perfecto. Y la palabra oficio no es casual. Aunque pueda haber arte en ello, escribir es sobre todo una dura artesanía. Territorio hostil, agotador, donde la musa, la inspiración, el momento de gloria o como quieras llamarlo, no sirve de nada cuando llega, si es que lo hace, y no te encuentra trabajando.

Leídos ambos textos y a espera quizá de un tercero y sucesivos (goteándome el colmillo, como usted dice, Don Arturo), no queda más remedio que agradecerle a éste señor. Agradecerle por el hecho de que, quizá ninguno de nosotros que aquí escribimos o ninguno de los que nos leen o quizá hasta ni yo vaya a ser nunca escritor ni nada que se le parezca, ni vayamos a ver nuestro careto en ningún sitio que no sea un espejo, ni firmemos un puñetero autógrafo en nuestra vida, ni nadie se acuerde de nosotros cuando hayamos muerto ni salgamos en libros de texto o en listas de éxito, pero… Leyendo ésto, no me lo nieguen… ¿A que parece que estamos un pelín más cerca? ¿A que parece que éste señor nos dá un empujoncito al ruedo? ¿A que es posible?

Pues lo dicho, y prometo leerle más y mejor a usted también, gracias Don Arturo. Por todo.

Gracias. Don Arturo.

8 comentarios

  1. Tu estas cerca… aparte de “jartarte” de leer también tienes que creer que puedes hacerlo… yo no creo que yo pueda hacerlo, pero tú si. Tienes el talento, tienes la vocación, tienes las ganas…Puedes hacerlo…

  2. Ánimo a todos los que les encanta escribir. Conozco a una persona que se pasa escribiendo los ratos libres que tiene. Teneis una capacidad para expresaros que para muchos es un dilema y un quebradero de cabeza( yo sin ir más lejos). Ideas no os faltan, os sobran. ¡Tanto talento hay que aprovecharlo!

    “Aayyyyyyyyyyyyyy Zeñó Don Aturoooo, una manita po favooooo!!!!” ( con cara de cordero degollado).

  3. Hola que tal¡

    Permiteme presentarme soy tatiana administradora de un directorio de blogs y webs, visité tu página y está genial, me encantaría contar con tu site en mi sitio web y asi mis visitas puedan visitarlo tambien.

    Si estas de acuerdo no dudes en escribirme

    Exitos con tu página.

    Un beso

  4. Por supuesto que si. En breve nos pondremos en contacto. Muchas gracias y un saludo.

  5. Dios mio, ero esto va dedicado a tí? Perez Reverte es grande, un académico… y si va por ti, es un elogio. Qué locuron!

    • ¡¡¡Como va a ir por mi!!! Digo que pensé en escribirle pero él se adelantó, supongo que en respuesta a los miles que si le pidieron consejo, jejejeje. Que tio!!!

  6. Adanir las vacaciones le traen loco!!!!

  7. jojojojojojojo. Yo que pensaba que te hablaba a ti jejejejejje yo es que estoy que no estoy!!!!!!!!!!

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