Malvapica XII. Los aparecidos.

Todas las cuestas le parecían cuesta arriba. Todas las calles eran de piedra y tierra irregular rancia. De color foto velada.

Yendo donde Engracia a las calles de arriba se encontró que bajaba de frente Perico el Santurrón. Agarrando la pared y trastabillando de puro viejito. Oscilante. Pasito lento y pantalón de pana, todo de oscuro. Algún tipo de marrón gastado pero elegante todo. A su altura en el cruce, Perico se plantara y se yergue, lo señalara con el dedo y le dijera una buenaventura: “Tu te querrás ir”. Chico Nuevo no lo entendió. No le gustó y se asustó. Apresuró la marcha que había parado, cuesta arriba y pronto jadeando y sudando frío. Por encima de su hombro vio nuevamente a Perico el Santurrón señalándolo aún. Más miedo, más jadeo y más sudor frío. Miró a su alrededor. No hay nadie. Antes de doblar la esquina Perico seguía ya su camino torpe cuesta abajo.

El gorro que llevaba se lo quitó y lo apretó con ambas manos a la altura de la boca del estómago. Hizo ademán de inclinarse antes de entrar, la puerta abierta, y entró casi haciendo reverencias. Nadie. ¿Dónde están? Una escalera que subía a la izquierda y un pasillo a la derecha iluminado por lo que parecía una amplia cocina. Oyó unas risas y pasó al fondo del pasillo una centella de mujer sosteniendo risitas con las manos. Era Clara Rosablanca, que encontraba aquello que se había perdido, hija de Engracia Rosablanca. Chico nuevo la reconocería entre un millar de niñas mujer. Su cuello de porcelana.

Quiso, pero no siguió risas sino los llantos, quejidos apagados que bajaban por la escalera. La habitación de Engracia estaba precedida de un recibidor oscuro, con una mesa familiar cubierta de paño, presidida por una figura femenina delgada, de cabello lacio y negro noche, al claroscuro de un gran ventanal con rejas de madera. De algún punto venía luz de unas velas. Había más personas, pero sobre todo dos. Dos eran los ancianos que flanqueaban la sedente de cabello lacio.

Chico Nuevo no estaba preparado para lo que iba a ver a continuación. Lo que parecía el butacón de madera de la figura femenina era en realidad una tosca silla de ruedas. De hierro. De hierro del que suena y chirría. La figura femenina era la otra hija de Doña Engracia. Impedida. Inmóvil. Impedida y flanqueada por dos ancianos. Un hombre y una mujer, que cuchicheaban a cada lado. Había más personas, pero sobre todo dos. Todos vieron en el umbral a Chico Nuevo. Todos dirían después que fue a despedirse, cumplido.

Después empezó lo peor. Los ancianos a cada rato cogían las manos y brazos de la mujer y los zarandeaban. Los acomodaban y luego los dejaban caer. La regañaban cariñosamente. Luego más duramente. Entre ellos discutían: “Hoy está así porque cantó demasiadas clases de Geografía” y la hacían parecer que bebía. “Te lo he dicho, está así porqué susurra a ras del suelo sanaciones” y la hacían parecer que se peinara. “Viejo… ¡Anda! Hoy está así por dibujarse tanto cazando vahos de salvia morada” y la hacían parecer que se secaba la frente. “¡Tu que sabrás!” y se lanzaban las manos de la mujer sentada uno a otro.

Después siguió lo peor. Los ancianos se percataron de la presencia asustada de Chico Nuevo y dijeron ya está aquí el último. Todos pasaron a la habitación. Chico nuevo empezó a bordear la mesa, sin apartar la vista de la pobre mujer en silla de ruedas, que ahora tenía la cabeza hacia delante y el rostro oculto por su cabellera. Para entrar a la habitación tenía que rodear toda la mesa y pasar junto a la silla de ruedas. No había mucho espacio. Cuando estuvo tan cerca de la mujer que un paso más en su camino lo alejaría…

…Cuando estuvo tan cerca la mujer… ésta levantó la mirada y lo atravesó con ella. Lloraba nítidamente y sus lágrimas eran surcos en un desierto blanquísimo, que desembocaban en labios agrietados, partidos y ralos. Yermos. Blancos dentro de blanco. Abrió la boca para suspirar “a”, dejo caer saliva, tornó los ojos al horizonte y movió la mano derecha, de su regazo hasta estar a punto de coger la de Chico Nuevo. La luz de la ventana que entraba por rejas de madera pareció ensombrecerse y la que provenía de las velas dejó de hacerlo.

De pronto lo entendió. Aquella mujer no estaba impedida. Podía moverse. Y lloraba. A ambos les tembló la barbilla y Chico Nuevo sintió como la nuca se le encogía hasta casi desaparecer. Terror auténtico. También le quemó la garganta la bilis que le subió. Se tapó la boca y echó a correr. Escalones de dos en dos. Algunos de tres. Salió a la calle y escupió lo que tenía en la boca. Tosió. Parte del contenido de su estómago lo expulsó por la nariz. Los ojos le lloraban. Tropezó y dio otra arcada. Tragó polvo.

Luego no terminó lo peor. Pudo apreciarlo nítidamente aún de rodillas clavadas. Los grillos y chicharras de silenciaron. Todos. Todo calló al unísono. Una fracción de segundo después, y él tirado en el suelo, empezaron los cuernos. Un sonido grave que antes de llegar al oído llegó al abdomen y lo golpeó. “Cuando oigas el ruido vete a casa”. Un sonido que lo conquistó todo y no dejó sitio a nada más. El ataque fue in crescendo, el sostenido llegó muy rápido y se hizo con todo. Y él tirado en el suelo. Tragando polvo y nieblas. El sonido rebotaba en sus pulmones y lo sentía desde el suelo. Desde el cielo. Como un gran animal. Como cientos de grandes animales antiguos. Enormes seres bramando. Millones de cuernos, trompas, chelos, trombones y metales. Crujir de árboles. Sonaba a “o”. Vio vecinos correr y puertas cerrar. Polvo y ruido. “Cuando oigas los cuernos, a casa”.

Comendador lo agarró de la axila. Apareció de la nada. Gesticulaba. Le gritaba pero no lo podía oír. El sonido nunca terminaba ni bajaba de intensidad. Chico Nuevo no reaccionaba. Seguía en la tierra. Comendador le gritaba a un palmo y señalaba calle abajo. Lo levantó y lo zarandeó. Todo ocurría en cámara lenta. El aire no entraba en los pulmones y la vista borrada por las lágrimas. Aquel sonido era aterrador.

Corre muchacho, corre. A casa. Aquello era lo que gritaba escupiendo Comendador. Chico Nuevo no sabía por qué pero eso entendió. Y señalaba calle abajo, adonde otros también corrían. Y pudo por fin correr. Alcanzó a ver el cielo oscurecerse de repente. No había nubes pero se oscureció. O tal vez una enorme nube. Al poco se vio cerrando su puerta y metiéndose bajo la cama. El sonido por fin terminó y empezó otro.

Cientos de bisagras metálicas chirriaban al otro lado de las paredes con una cadencia similar a un latido, como pasos de un lado a otro, una procesión arrastrada e infalible. Juraría que el sonido subía la calle antes de desaparecer. Era costumbre. En Malvapica. Cuando a alguien se lo van a llevar. Los aparecidos. Cuando Chico Nuevo creyó que jamás podría cerrar los ojos ni dejar de lloriquear con el corazón encogido de terror, Chico Nuevo se desmayó.

Entonces acabó lo peor.

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