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Malvapica XII. Los aparecidos.

Todas las cuestas le parecían cuesta arriba. Todas las calles eran de piedra y tierra irregular rancia. De color foto velada.

Yendo donde Engracia a las calles de arriba se encontró que bajaba de frente Perico el Santurrón. Agarrando la pared y trastabillando de puro viejito. Oscilante. Pasito lento y pantalón de pana, todo de oscuro. Algún tipo de marrón gastado pero elegante todo. A su altura en el cruce, Perico se plantara y se yergue, lo señalara con el dedo y le dijera una buenaventura: “Tu te querrás ir”. Chico Nuevo no lo entendió. No le gustó y se asustó. Apresuró la marcha que había parado, cuesta arriba y pronto jadeando y sudando frío. Por encima de su hombro vio nuevamente a Perico el Santurrón señalándolo aún. Más miedo, más jadeo y más sudor frío. Miró a su alrededor. No hay nadie. Antes de doblar la esquina Perico seguía ya su camino torpe cuesta abajo.

El gorro que llevaba se lo quitó y lo apretó con ambas manos a la altura de la boca del estómago. Hizo ademán de inclinarse antes de entrar, la puerta abierta, y entró casi haciendo reverencias. Nadie. ¿Dónde están? Una escalera que subía a la izquierda y un pasillo a la derecha iluminado por lo que parecía una amplia cocina. Oyó unas risas y pasó al fondo del pasillo una centella de mujer sosteniendo risitas con las manos. Era Clara Rosablanca, que encontraba aquello que se había perdido, hija de Engracia Rosablanca. Chico nuevo la reconocería entre un millar de niñas mujer. Su cuello de porcelana.

Quiso, pero no siguió risas sino los llantos, quejidos apagados que bajaban por la escalera. La habitación de Engracia estaba precedida de un recibidor oscuro, con una mesa familiar cubierta de paño, presidida por una figura femenina delgada, de cabello lacio y negro noche, al claroscuro de un gran ventanal con rejas de madera. De algún punto venía luz de unas velas. Había más personas, pero sobre todo dos. Dos eran los ancianos que flanqueaban la sedente de cabello lacio.

Chico Nuevo no estaba preparado para lo que iba a ver a continuación. Lo que parecía el butacón de madera de la figura femenina era en realidad una tosca silla de ruedas. De hierro. De hierro del que suena y chirría. La figura femenina era la otra hija de Doña Engracia. Impedida. Inmóvil. Impedida y flanqueada por dos ancianos. Un hombre y una mujer, que cuchicheaban a cada lado. Había más personas, pero sobre todo dos. Todos vieron en el umbral a Chico Nuevo. Todos dirían después que fue a despedirse, cumplido.

Después empezó lo peor. Los ancianos a cada rato cogían las manos y brazos de la mujer y los zarandeaban. Los acomodaban y luego los dejaban caer. La regañaban cariñosamente. Luego más duramente. Entre ellos discutían: “Hoy está así porque cantó demasiadas clases de Geografía” y la hacían parecer que bebía. “Te lo he dicho, está así porqué susurra a ras del suelo sanaciones” y la hacían parecer que se peinara. “Viejo… ¡Anda! Hoy está así por dibujarse tanto cazando vahos de salvia morada” y la hacían parecer que se secaba la frente. “¡Tu que sabrás!” y se lanzaban las manos de la mujer sentada uno a otro.

Después siguió lo peor. Los ancianos se percataron de la presencia asustada de Chico Nuevo y dijeron ya está aquí el último. Todos pasaron a la habitación. Chico nuevo empezó a bordear la mesa, sin apartar la vista de la pobre mujer en silla de ruedas, que ahora tenía la cabeza hacia delante y el rostro oculto por su cabellera. Para entrar a la habitación tenía que rodear toda la mesa y pasar junto a la silla de ruedas. No había mucho espacio. Cuando estuvo tan cerca de la mujer que un paso más en su camino lo alejaría…

…Cuando estuvo tan cerca la mujer… ésta levantó la mirada y lo atravesó con ella. Lloraba nítidamente y sus lágrimas eran surcos en un desierto blanquísimo, que desembocaban en labios agrietados, partidos y ralos. Yermos. Blancos dentro de blanco. Abrió la boca para suspirar “a”, dejo caer saliva, tornó los ojos al horizonte y movió la mano derecha, de su regazo hasta estar a punto de coger la de Chico Nuevo. La luz de la ventana que entraba por rejas de madera pareció ensombrecerse y la que provenía de las velas dejó de hacerlo.

De pronto lo entendió. Aquella mujer no estaba impedida. Podía moverse. Y lloraba. A ambos les tembló la barbilla y Chico Nuevo sintió como la nuca se le encogía hasta casi desaparecer. Terror auténtico. También le quemó la garganta la bilis que le subió. Se tapó la boca y echó a correr. Escalones de dos en dos. Algunos de tres. Salió a la calle y escupió lo que tenía en la boca. Tosió. Parte del contenido de su estómago lo expulsó por la nariz. Los ojos le lloraban. Tropezó y dio otra arcada. Tragó polvo.

Luego no terminó lo peor. Pudo apreciarlo nítidamente aún de rodillas clavadas. Los grillos y chicharras de silenciaron. Todos. Todo calló al unísono. Una fracción de segundo después, y él tirado en el suelo, empezaron los cuernos. Un sonido grave que antes de llegar al oído llegó al abdomen y lo golpeó. “Cuando oigas el ruido vete a casa”. Un sonido que lo conquistó todo y no dejó sitio a nada más. El ataque fue in crescendo, el sostenido llegó muy rápido y se hizo con todo. Y él tirado en el suelo. Tragando polvo y nieblas. El sonido rebotaba en sus pulmones y lo sentía desde el suelo. Desde el cielo. Como un gran animal. Como cientos de grandes animales antiguos. Enormes seres bramando. Millones de cuernos, trompas, chelos, trombones y metales. Crujir de árboles. Sonaba a “o”. Vio vecinos correr y puertas cerrar. Polvo y ruido. “Cuando oigas los cuernos, a casa”.

Comendador lo agarró de la axila. Apareció de la nada. Gesticulaba. Le gritaba pero no lo podía oír. El sonido nunca terminaba ni bajaba de intensidad. Chico Nuevo no reaccionaba. Seguía en la tierra. Comendador le gritaba a un palmo y señalaba calle abajo. Lo levantó y lo zarandeó. Todo ocurría en cámara lenta. El aire no entraba en los pulmones y la vista borrada por las lágrimas. Aquel sonido era aterrador.

Corre muchacho, corre. A casa. Aquello era lo que gritaba escupiendo Comendador. Chico Nuevo no sabía por qué pero eso entendió. Y señalaba calle abajo, adonde otros también corrían. Y pudo por fin correr. Alcanzó a ver el cielo oscurecerse de repente. No había nubes pero se oscureció. O tal vez una enorme nube. Al poco se vio cerrando su puerta y metiéndose bajo la cama. El sonido por fin terminó y empezó otro.

Cientos de bisagras metálicas chirriaban al otro lado de las paredes con una cadencia similar a un latido, como pasos de un lado a otro, una procesión arrastrada e infalible. Juraría que el sonido subía la calle antes de desaparecer. Era costumbre. En Malvapica. Cuando a alguien se lo van a llevar. Los aparecidos. Cuando Chico Nuevo creyó que jamás podría cerrar los ojos ni dejar de lloriquear con el corazón encogido de terror, Chico Nuevo se desmayó.

Entonces acabó lo peor.

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Malvapica XI. Elvira Trump.

“¡Chico Nuevo! ¡Ven! Ven, Chico Nuevo. Siéntate. Deja eso por ahí. Si. Ahí mismo. Siéntate aquí. Ya es hora de que hablemos. Qué es esto. Es buena tela. El tacto. Déjalo por aquí. ¿Cómo estás? No hablas mucho. Mejor. Ya llevas por aquí unas semanas y teníamos que hablar. Mira. Sé que andas comprando cosas raras donde el anticuario. Si. Verdad. Lo sé todo aquí. ¿No dices nada? Andas comprando vidrio redondo, sin colorear. Plano, quebrado. Quemadores de aceite ¿no tienes luz en casa? Tela de saco. Arpillera de la peor, prieta. Un lino malísimo, sucio. Sin tejer. Retales. Eso me inquieta. Tienes mejores telas aquí. ¿Para que quieres..? Podrías comprármelas. Vasijas de cocido donde el tendero. Quincalla y otras baratijas. No dices nada. ¿eh? Ándate con ojo. Esos tres me las pagarán. ¿Manos de costurero? Comendador y su bufón y esos listos. Son unos listos porque pintan. Escriben. Hacen cuentas. Arreo les daba yo. ¡A la tala, a la siembra, al fardo! Ni son hombres. Trabajo es lo que yo le…

Bueno. No importa. Aunque dudo que hayas visto un taller telar en tu vida, ni un rulo ni un punto ni una tómas sain, no te portas mal. No te distraes. Sé que tus compañeras te amenazan que no trabajes más que ellas. Ni caso. Ya van de largo. Mira. Te contaré un secreto. Hay pocas fortunas en Malvapica. La mía es una de ellas. Hay tres motivos, y es lo que te pido. Lo primero trabajar. Después trabajar y por último. Trabajar. Cumpliendo no tendrás problemas conmigo y, créeme jovencito, no querrías problemas conmigo. Al bosque te mandaba. Ni caso. Ya les diré. Tú a lo tuyo. ¿Qué me miras? No se te olvide. Cumple conmigo y ni te acerques a la trastienda y todo irá bien. Tus peculios cada poco y nada más. Después puedes ir comprando cochambre por ahí. ¿No te han dado radio? Aquí todo el mundo la oye. Música. ¡Chist! ¡Ay! Que penita me das hijo mío. Te acostumbrarás. ¡Pareces lelo! No te lo tomes a mal. No me hagas caso. Ya ni me acuerdo cuando llegué. Era una cría. Puedes ir a pescar al arroyo. Que te lleven.

Oye. Antes de que se me olvide. Muy importante. Es mi obligación. Cuando escuches los cuernos vete a casa. Pronto vendrán a por Engracia. Deberías ir ya a visitarla. Casi todos han ido. A hacerle una visita. Última. No tienes que llevar nada. Es costumbre ¿sabes? Aquí. En Malvapica. Cuando a alguien se lo van a llevar… Los aparecidos… Las ánimas… Prométemelo. Cuando oigas un ruido fuerte. Lo sabrás. Te acostumbrarás. No le digas a nadie que he tardado tanto en hablar contigo. Nada ha pasado desde que llegaste. No. No hay porqué contarlo. Ya te lo he dicho. ¿Ya te lo había dicho antes verdad? Cuando oigas los cuernos, a casa. No te preocupes. Tu eres joven. Mantente joven y sano. Bebe agua. Come bien que estás enclenque. Muévete. No te quedes quieto. Trabájame bien y…

Mira. Son sólo dos o tres cosas las que tienes que saber. Nada de ir donde Las Torres de Piedra. Cuando oigas el ruido vete a casa. Cuando a alguien se lo van a llevar todos vamos a despedirnos. Ve a Casa Engracia. Arriba. Hoy mismo. Si te preguntan, se te olvidó. Ve a visitar a Doña Engracia. Rosablanca. Engracia Rosablanca. ¡Que pena! Bueno… ¿Qué haces ahí parado? ¿No tienes nada que hacer? ¿Pero dónde vas lelo? Coge esto. Es buena tela. Buen tacto. Se te olvidaba. No me hagas enojar. Que pena me da. Recuerdalo. ¿Me oyes? Lelo del todo.

No he tardado tanto en hablar con él. Cuando a alguien se lo van a llevar… Yo aún… Hay muchos por delante de mí. Elvira. Hay muchos por delante de ti. Tu eres Elvira Trump. Jóven y fuerte. ¡Que se atrevan! En Malvapica, cuando a alguien se lo van a llevar, todos van a despedirse…”

Malvapica X. Teatro.

Acto Décimo:

Hora crepuscular. En el despacho del Escriba, en el centro una mesa de madera justo para una persona, una vieja silla de escuela y una bombilla en el techo, oscilante e insuficiente, penumbrosa. Nada más. De algún lugar llega la música de ésta canción:

Personajes: El Aparecido, El Escriba, El Comendador Maestre Primero, Ilustrado Pablo Guillermo Chen, Ilustrado Fran Doumont, la Señora Elvira Trump.

ESCRIBA: (al Aparecido, sentado éste en la silla, tras la mesa, cara al público y mirando alternativamente al resto): Dígame dos números, los que quiera, y se los multiplicaré y dividiré antes de que acabe de decirme el último.

COMENDADOR: (irrumpiendo por la izquierda nervioso y con grandes pasos,casi gritando): ¡Señores!, señores… Acabemos cuánto antes. Pasen, por favor, no se retrasen.

-Entran Los Ilustrados. Los dos.-

FRAN DOUMONT: ¿Así que era cierto? Tenemos un nuevo vecino.

PABLO GUILLERMO CHEN: (Acercándose al aparecido y mirándolo muy de cerca, examinándolo): ¿Cuando tiempo lleva? ¿Como se llama?

COMENDADOR: ¡Vamos!, vamos… por caridad. Que eso también tenemos que decidirlo. Este muchacho no habla mucho.

FRAN DOUMONT: Es un chico joven y por demás parece sano. Démoslo de plantador. Hará falta a Feliciano o en la hacienda de Aureliano. Y ganará la color con el sol.

COMENDADOR: Bien. Me parece bien. He de irme…

PABLO GUILLERMO CHEN: Señores… señores. No olvidemos lo que hemos venido a hacer aquí. Así a la ligera, de plantador. ¿Ya no recuerdan? Mírenlo. Flaco, rubio, de piel clara. El muchacho no vió jamás fanega de puño, ni siega de mies, ni…

COMENDADOR: Pero yo he de irme, ¿saben cantas decidendas me tocan hoy?

ESCRIBA -por lo bajo. Nadie lo oye-: No tantas.

COMENDADOR: Ahora mismo les arriendo yo a cualquiera mi posición y quédense con las ganancias, pues. ¡Por favor! He de irme.

FRAN DOUMONT: Reconsideremos el asunto pues. ¿Lo colocamos en la apoteca? Repartirá los remedios.

PABLO GUILLERMO CHEN: Mírenle las manos. Ni un cuarteo. Limpias de durezas. Lo mismo hasta escribe y todo.

ESCRIBA -titubeando-: Bueno, en la botica necesitará manos blandas pero no tiene porqué escribir nada. Yo… Las pocas componendas que da el señor Ramón las apaño yo. No creo que…

COMENDADOR: Tranquilidad. Vete a llamar a la señora Elvira Trump. Creo que tenemos un nuevo costurero -sale el ESCRIBA a toda prisa-. Ni en la sastrería ni en botica haría migas bastantes con los regentes. La costurería de la señora Elvira Trump será su sitio. Esas son manos de costura, si.

PABLO GUILLERMO CHEN: No es mala idea, siempre que no atienda visitas y respete la trastienda.

COMENDADOR -dirigiéndose al aparecido-: Habrá de cumplirse así. ¿Verdad muchacho? Apenas habla y dudo que escuche mucho más.

PABLO GUILLERMO CHEN -al aparecido-: Muchacho. ¿Que te parece? Creo que nos oye bien. Al menos nos mira cuando le hablamos. Ya es más educación que la de muchos por aquí.

FRAN DOUMONT: No sé yo, la señora Elvira…

-Entra, imponente y bárbara, la señora Elvira Trump, interrumpiendo-

ELVIRA TRUMP: ¿Como es esto? Supongo que ustedes, paletos, no querrán endilgarmea semejante canijo para mi taller.

COMENDADOR: ¡Señora Elvira Trump! Está usted, como siempre, arrebatadora. ¡A su edad!

ELVIRA TRUMP: ¡Callese! Ni siquiera me dirigía a usted. Pero empezaré ahora mismo. ¿No tiene nada mejor que hacer? Váyase ya y déjeme con los que entienden de algo. A ver.

ESCRIBA -otra vez en susurro, ahora más audible y cara al público-: ¡Ahí le dieron!

COMENDADOR: ¡Señora, como es!

ELVIRA TRUMP: A ver, caballeros. Saben lo de mi taller. Lo saben. No se hagan los que no saben. Como el chico… ¡Pero mírenlo! ¡Si parece lelo! Como lo pille siquiera camino de… Ya saben. Como lo vea camino de la trastienda se lo embalo a ustedes en las mismas narices. Óiganme bien.

PABLO CHEN: ¡Vamos Señora Elvira! Todos sabemos. Pero es un muchacho sano y apuesto, lo mismo hace junteras con alguna de sus apoderadas.

ELVIRA TRUMP: ¡Lo que me faltaba!

FRAN DOUMONT: Es por el bien de nuestra comunidad. ¿Recuerda? Cuando llegó Ingrid nos dijo lo mismo y mírela ahora.

ELVIRA TRUMP: Está bien, está bien. Pero ya les dejo aviso. ¿Entendido? ¿Entendido?

COMENDADOR: Se lo agradeceré públicamente en la Iglesia. Todos sabrán lo que…

ELVIRA TRUMP: ¡Ya le dije que callara! ¿No me oyó? Que alguien lo vista decente y me lo traiga al taller. Ahora he de retirarme. Y una cosa más: Yo solita tengo más relaños que la sastrería y la botica juntas. ¿Entendido también? Pues eso.

– sale Elvira Trump –

COMENDADOR: Que tenga usted muy buena tarde. Señora Elvira.

FRAN DOUMONT: Como les decía… Sabía que iba a ponerse basilisca.

PABLO CHEN: Y no se ha quedado siquiera para saber el nombre del muchacho. Que esa es otra.

COMENDADOR: Pues yo me marcho, señores, tengo que…

-sale el Comendador –

FRAN DOOUMONT: Bueno, ¿Como siempre? ¿Que me toca a mi?

PABLO CHEN: Creo que te toca el apellido y a mi el nombre.

FRAN DOUMONT: Empieza tu con el nombre.

PABLO CHEN: Está bien. Luego le pondrás tu el apellido.

– Telón –

Malvapica IX. El despertar.

Blanco. Niebla fría. ¿Será un glaucoma? No veo. Lo veo todo blanco. Me arde la vista. Los bordes ahora se vuelven grises, hay esquinas. No veo. Si veo, es un techo, estoy tumbado. No puedo mover el cuello, y apenas mover los globos oculares por el intenso dolor. Síndrome de Parinaud, tal vez.

El cuello, mi cuello, lo noto. Un dolor por la nuca, punzante y pesado, áspero. Meningismo. Podría. Sólo respiro por la boca. Imposible por la nariz. Muy despacio. Y la boca seca y muy fría, agrietada toda. Sabor a sangre. El frío está en todo mi cuerpo, lo tiene preso. Me tiene preso el frío y la rigidez.

Algún tipo de artritis muy avanzada y feroz. Demasiadas cosas. No puedo pensar. Estoy tumbado boca arriba, ahora veo parte de la pared. Hay una ventana, pero me duele mirarla, por la luz. Vuelvo a mover el cuello y los párpados. Trago saliva. Me hormiguea la sien. Estoy tumbado boca arriba y no sé donde estoy. Es una habitación. No es de un hospital ni de un laboratorio. No puedo moverme, aunque lo intento.  Debo estar en Glasgow 13.

No puedo pensar con claridad y sudo de intentar moverme. Pero parpadeo ya libremente y noto de nuevo la humedad en los ojos y en la boca. Estoy tragando con gran dificultad y como con clavos en la nuez. No sé reconocer todos los síntomas. Quizá un Síndrome de Guillot en estado avanzado. Acabo de caer en la cuenta de que tengo mucha sed.

Hay una ventana, a mi derecha, Y una puerta, a mi izquierda. La ventana está entreabierta y tiene una reja de tablas de madera. Parecen verdes. Entra el sol y un extraño ruido, como de grillos o chicharras.

Ya me estoy calmando, y siento rejuvenecer mis fuerzas. Estoy en una habitación, dolorido. Voy a incorporarme aunque me cueste. Aunque. Me. Cueste.

Oigo pasos, y un murmullo. Vienen de la ventana. Ahora una sombra. Redondeada. El murmullo era un tarareo de una cancioncilla, tarareo con la letra eme. Voz de mujer. Pasos en tierra y piedra. La sombra aparece y desaparece entre los haces de luz de la ventana. ¿Quién será? No puedo, no me atrevo a hablar, ni menos a gritar.

Bien. Ahora estoy incorporado. Siento un leve mareo. Voy hacia la ventana. La habitación entera se mueve bajo mis pies y los colores rezuman. Quizá esté en Glasgow 9.

La sombra era de Clara Rosablanca, la mujer que encontraba aquello que se había perdido.

A partir de entonces el aparecido no podría evitar, cada vez que viera a Clara, mirarla al cuello de porcelana. Sin pasar nunca antes por sus labios pequeños, el nácar de sus dientes marciales, su constelación de sonrojos en las mejillas, su cabello fuego, la ceniza de sus ojos, la menuda nariz desafiante, su estallido de azul primavera, de mujer en halo de niña. Sólo su cuello de porcelana.

El aparecido había despertado.

Malvapica VIII. El Mercader.

Gabán ancho y azul oscuro, cierto grisáceo. Largo de vuelo y solemnidad, abolsillado aquí y allá. Sombrero ancho de largas alas, melena dispar y rala, de aspecto sucio caída en hombros. Sus trancos galopaban el suelo con ímpetu y decisión y su mirada siempre escrutadora te miraba a los ojos y parecía meterse dentro de los mismos, como si mirara directamente el cráneo, atravesando la piel.

Se hacía acompañar, las más de las veces, de un carromato cargado, tirado por grandes bestias. Cuando no mulas, caballos de tiro. Cuando no bueyes, tercos asnos. Hasta perros sin raza y avestruces zancudas, cuentan. Las menos de las veces se acompañaba de algún sujeto extraño, ora con pinta de bufón, ora de gladiador, ora de elegante charlatán.

Aunque los habitantes de Malvapica no se daban exacta cuenta, aparecía regularmente y también después de algún acontecimiento. En ésta ocasión era la venida del nuevo aparecido. Siempre seguía un ritual más o menos definido. Traía noticias de las ciudades más cercanas, como Sinduelo o Cerro Talasia, y a veces las traía de la antigua y remota ciudad de Ur, que fascinaban a todos.

Repartía panfletos, revistas viejas y libros para las estanterías de la Comendaduría, mercancía necesaria como grano, azúcares, especias, infusiones, maíces, hilo y telas y agujas, cuerda, alambiques o vidrio puro. Otras veces artilugios como brújulas, radios imposibles, patrones de sastrería, ábacos pedrosos, rastrillos, azadones o escardillos brillantes de nuevos que estaban, calendarios perpetuos en madera barnizada, soplillos, cintas métricas ilegibles, relojes de arena de un extraño cristal deformable que fuera se llamara plástico y, por supuesto cuartillas de papel, monedas y divisas para abastecer. Como cambio, se llevaba sacos y sacos del producto agrícola, de buena madera y, sobre todo, agua. Siempre se llevaba agua del Malvapica. A cántaros.

“El agua. El agua de Malvapica es la que os mantiene vivos y fuertes. Sanos. No dejéis de beberla.”, decía. Se la quitaban de las manos allá donde iba, aseguraba. La utilizaba para su propio beneficio y sin ella no podría hacer el camino, aseveraba. “Nadie muere en Malvapica, gracias al agua”. En cierto modo tenía razón. No era normal que nadie muriera… En Malvapica. Rara vez ocurría y sólo por traumación fortuita accidental. Los demás, simplemente, iban a morirse a otro sitio, lejos de Malvapica. El cementerio más cercano conocido era el de Sinduelo. En Malvapica no había cementerio, aunque sí iglesia, pero no cura o similar.

El resto del ritual también era conocido. Aristide Leonardo Grimal, “El Mercader”, pasaba varios días en Malvapica, con sus empresas, charlando con el Comendador Maestre Primero, con la anciana de La Gran Casa, reuniendo y pregonando los cambios del mundo y visitando a todos. A todos.

Antes de marchar visitó al nuevo aparecido, que aún dormía. Al día siguiente despertó. El Mercader ya se había marchado.

Malvapica VII. Los Malos de Fuensanta

En ocasiones pareciera que eran la viva representación del mal en la tierra. Cuando hacían su aparición, como un ruidoso racimo, en cualquiera de las plazas del pueblo donde los niños jugaban, no tardaban en hacerse dueños del territorio y espantar a chicos y grandes sin mucho esfuerzo.

Nadie sabía con certeza cuántos eran los hijos de Dalía Fuensanta, pues esta los tenía de tres maridos distintos. Las cuentas estaban entre ocho y doce. A los que tuvo con Tomás Antón, que eran expertos en exploración, los llamaban Los Tomantones. A los hijos de Louie Silverio, veloces y resistentes, los llamaban Los Silveros y a los hijos de Eduard Ribete, el único “padre” que aún vivía, los llamaban Los Ribetes y eran la fuerza bruta, siempre llegaban los últimos, pero llegaban, ya lo creo que llegaban.

En tropel, se dedicaban a mil y una correrías, tales como cazar pequeños animales, excavar trincheras, perseguir transeúntes, apedrear cosas o apedrearse entre ellos, asaltar carromatos, torturar lagartijas, buscar (y encontrar) tesoros, esconder tesoros, comer bayas, bañarse desnudos, correr desnudos o rastrear los alrededores de Malvapica. De hecho conocían ampliamente todo el territorio dentro de las Torres de Piedra y eran de los pocos que habían subido a lo alto de la montaña de Malvapica.

Respetaban a Nicolas Guillespie, por salvar a un par de ellos del incendio, y desde entonces dejaron de hacer fogatas y de jugar con el fuego. Ni siquiera les gustaba ya tiznar con carbón.

Su madre a duras penas lograba encauzarlos por el buen camino en los cortos ratos que pasaba con ellos, a la hora del almuerzo y al caer la noche antes de dormir, a pesar de sus portentosas voz y fuerza. Su “padre” Eduard Ribete a duras penas lograba levantarse de un sillón, a causa de su extrema gordura, y sólo contribuía con sopapos cuando alguno se le ponía a tiro. También entre ellos se daban su estopa, pero la cosa no iba a mayores casi nunca. Tampoco les gustaba la sangre. Ni a la Iglesia asistían.

Verlos pasar agrupados y cuando aún tenían energías era todo un acontecimiento, pues se podía adivinar por sus miradas si ya tenían plan para la tarde o andaban buscándolo. En éste segundo caso, mejor que no lo vieran a uno.

Niños corriendo, de Eduardo Verdugo

Aún con todo, eran un mal que el pueblo había sabido soportar y hasta estabilizar. Mejor así, puesto que Los Malos de Fuensanta jugarían un importante papel en esta historia. Casi al final.

Todos y cada uno de Los Malos de Fuensanta tenían una característica común, heredada de la madre. El rostro lo tenían lleno de pecas naranjas a millares. Nadie más en Malvapica tenía pecas, por el momento.

Malvapica VI. Los Ilustrados. Los dos.

En grupos de no más de un par, daba gusto verlos. Saludaban por doquier ladeando las cabezas con una elegancia como de un cisne recién dibujado y siempre paseaban vestidos de limpio y sin remiendos en las ropas, con ánimos juveniles no importando edades, sonrientes. Y hablaban tan correctamente, aunque casi ninguno supiera apenas escribir unos garabatos o leer sin parecer tartamudo profundo.

Eso si, cuando se reunían más de dos, y solían hacerlo muy a menudo, eran insoportables, perdiendo toda sociabilidad y gracia. Verlos reunidos suponía, las más de las veces no sólo estar fuera de la reunión, sino que ser objeto de comentarios por ello.

En realidad, a casi nadie en Malvapica le importaba los más mínimo no formar parte de las reuniones de los Ilustrados de pacotilla. ¿A quien podía preocuparle comentar sobre tipos de tela fina, limpieza e higiene de los animales, combinados de bebidas y sus acompañamientos comestibles y otros asuntos similares? Por que, en efecto, los Ilustrados de pacotilla de Malvapica sólo comentaban cosas como éstas, o lo bajo que caían el individuo y, por ende, el pueblo, al no comentar como ellos cosas como éstas.

En éstas reuniones, que casi siempre se hacían en la loma de la Gran Casa, a una distancia prudencial de El Pozo, a todos parecía habérseles estirado de repente el cuello y estar siempre mirando como si tuvieran un ojo de más en la barbilla y una funda de almidón en el pescuezo. Cualquiera aprovechaba cualquier comentario para repetirlo con vehemencia asintiendo muy rápido con la cabeza, cuando no competían por hacer el primer comentario sobre algún tema, por ridículo que fuera. Total, siempre habría alguien que lo repetiría con vehemencia asintiendo muy rápido con la cabeza…

Pero éstos no eran los Ilustrados Reales, sino los de Pacotilla. Ilustrados Reales había sólo dos, y a la sazón eran antagónicos en muchos aspectos. El uno, Pablo Guillermo Chen, vivía muy arriba, en la cuesta al monte. El otro, Fran Doumont, vivía casi a la entrada del pueblo, en lo más llano. El uno, el de arriba, era un romántico incorregible y melancólico, que veía poesía desgarradora hasta en el vuelo de una mosca. El otro, el de abajo, era un existencialista sin remedio, irreconciliable con el hombre, entendido en el sentido de ente ininteligible y vacuo.

Pero lo más curioso es que, a pesar de sus eternas diatribas y enfrentamientos intelectuales, tenían en común más de lo que pensaban. Ambos leían y escribían a la perfección, sin falta ninguna apreciable, habilidad más que suficiente para ganarse un salario escueto, acorde con sus penitencias auto-impuestas en este mundo pasajero. Ambos estaban de acuerdo en que los infinitos trenes del desamor y de la duda existencial tenían parada común en la concurrida estación soledad. Ambos asistían, siempre, para dar consejo y estudiar a los recién llegados, los aparecidos.

Ambos eran lo que fuera llamaban filósofos. Un filósoso es “un hombre que sueña en menos cosas de las que hay en los cielos y en la tierra”. 

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