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Las perchas de Praga

Sucedió en el Hotel L´Maison de Praga, a orillas del Moldava, que Monsieur Rikard se disponía a abandonar después de una breve estancia. Su botones particular, un muchacho canijo-espasmódico y vivaracho como una salamandra se afanaba en transportar sus baúles y fundas al transporte cuando un ujier llamó la atención del chaval, “Disculpe”. Y después, “Muchacho, por favor”.

Monsieur Rikard, ajeno, contaba enguantado el papel moneda con el que pagaría. “Muchacho, la percha”, continuó el ujier de cara pellejuda y seria de muchos años de control de entradas y salidas. “La percha pertenece al L´Maison… Mire la lacra, el sello, ¿lo ve muchacho? Es el distintivo del Hotel”.

Y así era, una doble eme quemada en la madera coronaba la percha de cedro rojo revestida de terciopelo en los brazos y barnizada al aceite. Aquella era una percha cara, hecha a conciencia y el ujier lo sabía. El L´Maison no era el Hotel más caro de toda la región de Bohemia por la intervención del azar, sino por acabados como el de aquella percha.

El muchacho, literalmente, se echó a temblar por las canillas. No cabe duda, la percha es del L´Maison y no cabe duda tampoco, la culpa va a ser mía aunque sea la primera vez que haya yo visto una percha así. Será la última vez que la vea, se dijo.

Al oír de la cierta algarabía, Monsieur Rikard se acercó, y con él, el Director del L´Maison.

¿Puedo preguntar qué ocurre? Intervino Monsieur Rikard

– Seguro que es un malentendido Señor. La percha que sostiene su chaqué. Tiene el logotipo del L´Maison. – rebajó su tono el ujier.

– Si me permiten. Si Monsieur Rikard quiere la percha, el L´Maison la ofrece como obsequio y recordatorio. – inquirió el Director con los ojos bien abiertos hacia su ujier.

– Monsieur Rikard, jamás vi esta percha, debe tratarse de un error, ahora mismo buscaré una percha para Usted, Monsieur. – dijo el botones, nervioso.

– Obviamente es un error sin importancia. Mis perchas, todas, están contadas, tratadas y ordenadas. No necesito las perchas del L´Maison, Señor Director, aunque les agradezco el gesto. No necesito tampoco recuerdos de éste lugar. Llevo el mejor cristal de la zona en varias piezas, aseguradas contra mil calamidades y contingencias. Y en el cuerpo toda la cerveza que he podido beber sin perder el decoro. Son suficientes suvenires de mi estancia. Se trata como digo, seguro, de un error infantil. Si miran en sus armarios encontrarán una de mis perchas en alguno de ellos, que habré dejado allí con las prisas, cambiada por la suya. No obstante, pongan precio a su percha, Señor Director, Ujier. Seguramente será más barata que mi tiempo y que su tiempo también. Pongan precio. – Sentenció Monsieur Rikard mirando fijamente por encima de su bigote, alternativamente, a su botones, al ujier y al Director.

– ¡Ni hablar!, ¡Que disparate! Olvídelo Señor.

– ¡Insisto! No se contará de Monsieur Farfan Rikard que distrajo una percha del L´Maison.

– ¡Jamás será contada tal cosa! Pero no quedaríamos tranquilos. Suficiente ha sido su pago y su elección para con el L´Maison.

Y así estuvieron un buen rato. Monsieur Rikard queriendo pagar la percha, aunque sin echar mano ni por asomo a su cartera y el Director queriendo que Monsieur Rikard abandonara ya su empeño para poder regañar convenientemente a su Ujier. El botones hacía ya tiempo que había cargado todo, percha incluída, en el transporte y esperaba para abrir la puerta a Monsieur Rikard, cuando aquello terminara, cualquiera que fuera la manera.

Lejos de hacer pagar la percha a Monsieur Rikard, éste marchó sin otra novedad y al tiempo le llegó a su mansión en La Toscana un paquete de madera repleto de perchas y otros avalorios del Hotel L´Maison.

Cuando el ama de llaves rehízo la habitación que había ocupado Monsieur Rikard no encontró la percha de éste que debía sustituir a la del L´Maison. También echó a faltar una navaja de afeitar, con su brocha y todo, una pitillera y papel estampado…

Ustedes me van a disculpar, pero… Aun teniéndolo todo, hasta para robar hay que ser elegante.

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