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Pensamiento del día

Ayer fue San Valentín. Hay quien dice que es un día inventado por el Corte Inglés, hay quien se lo toma en serio y lo celebra, quien se viste de rojo y quien ni siquiera sabe que día es. Sin embargo como particular homenaje a ese día desde la sección de los Pensamientos aquí tenemos uno

Amar es encontrar en la felicidad de otro tu propia felicidad.

Cuanta verdad hay en este frase. Para más verdades os diré que no, no fue el Corte Inglés quien creo este día, salvo que ya existiera en el año 270 d.C. (que todo puede ser). Según la versión más extendida este día se celebra debido que un sarcedote de la época, San Valentín, comenzo de forma secreta a casar a parejas de enamorados, tras la prohibición del Emperador Claudio III de  bodas entre los soldados, al considerar que los casados rendían menos, mataban a menos gente (que atrevimiento). Cuando fue descubierto y por no renunciar al cristianismo fue ejecutado el día 14 de Febrero de 270 dejando la noche antes una carta escrita y firmada ” Tu Valentín” a una alumna ciega que tenía (que digo yo como la leería??).

Fue en la Edad Media cuando se inició la tradición de mandar regalos y tarjetas y parece que en 1840 Esther A. Howland comenzó a vender las primeras tarjetas en Estados Unidos.

Pues nada, ya podemos celebran San Valentín sin pensar que le estamos haciendo el juego a El Corte Inglés.

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Malvapica III. Feliciano, Feliz, y viceversa

Levantarse antes que el Sol, mucho antes, respirando todo el resto de rocío de la madrugada. Dar de pastar a sus bueyes y trabajar sus fanegas, todo su imperio. Almorzar fuera de casa, pan con algo, vino, fruta. Bajo una chumbera sestear, sombrero de paja en la cara. Acomodar la vista durante toda la tarde a la decreciente luz del trabajo, del campo. Radio suave y cena. Dormir.

Feliciano repetía el párrafo anterior día tras día. Hiciera frío o calor, lloviera, tronara, nevara o cegara el sol. Feliciano no era muy distinto a otros en Malvapica. Mucho tiempo después a todos se les llamó “Sector Primario”, pero por el momento, él, se llamaba sólo Feliciano. Los únicos momentos de cambio en la vida de Feliciano eran las apariciones, y cuando había campañas de extrañas verduras en pueblos cercanos, como en Sinduelo, donde cada uno o dos años reclutaban gente para recoger papayos, aguachumbos o uva melonada.

A pesar de todo esto, Feliciano siempre se recordó Feliz. Siempre se recordó Feliz, hasta el día que pensó que era Feliz. Fue bajo la chumbera, que acabó arrancando y quemando por ello. Porque después de pensar que era Feliz, empezó a pensar en qué era exactamente la felicidad. Acabo pensando que moriría sólo, haciendo aquello día tras día y que con él se acabarían todos los suyos, para siempre. Luego cayó en la cuenta de que debió oir algo en la radio que lo hizo dudar y que mejor debería de haber quemado la radio (y oír sólo los grillos o chicharras invisibles de Malvapica), pero en realidad tenía la esperanza de oírse alguna vez en la radio, o al menos de oír la palabra Feliciano por la radio. Nunca pasó.

Lo más extraño que llegó a pensar Feliciano es que no hacía nada por ser Feliz… y eso que por el camino llegó a pensar: feliz para que, la felicidad no es para tanto, la felicidad no existe, felicidad es no preguntar, tiempo es lo contrario de felicidad, tiempo para que, cansancio igual a felicidad, felicidad ausencia de problemas, descanso igual a muerte, dormir igual a muerte…

Lo más extraño que llegó a pensar Feliciano es que no hacía nada… él, que lo más que hacía era:

Levantarse antes que el Sol, mucho antes, respirando todo el resto de rocío de la madrugada. Dar de pastar a sus bueyes y trabajar sus fanegas, todo su imperio. Almorzar fuera de casa, pan con algo, vino, fruta. Bajo una chumbera sestear, sombrero de paja en la cara. Acomodar la vista durante toda la tarde a la decreciente luz del trabajo, del campo. Radio suave y cena. Dormir.

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