En ocasiones pareciera que eran la viva representación del mal en la tierra. Cuando hacían su aparición, como un ruidoso racimo, en cualquiera de las plazas del pueblo donde los niños jugaban, no tardaban en hacerse dueños del territorio y espantar a chicos y grandes sin mucho esfuerzo.
Nadie sabía con certeza cuántos eran los hijos de Dalía Fuensanta, pues esta los tenía de tres maridos distintos. Las cuentas estaban entre ocho y doce. A los que tuvo con Tomás Antón, que eran expertos en exploración, los llamaban Los Tomantones. A los hijos de Louie Silverio, veloces y resistentes, los llamaban Los Silveros y a los hijos de Eduard Ribete, el único “padre” que aún vivía, los llamaban Los Ribetes y eran la fuerza bruta, siempre llegaban los últimos, pero llegaban, ya lo creo que llegaban.
En tropel, se dedicaban a mil y una correrías, tales como cazar pequeños animales, excavar trincheras, perseguir transeúntes, apedrear cosas o apedrearse entre ellos, asaltar carromatos, torturar lagartijas, buscar (y encontrar) tesoros, esconder tesoros, comer bayas, bañarse desnudos, correr desnudos o rastrear los alrededores de Malvapica. De hecho conocían ampliamente todo el territorio dentro de las Torres de Piedra y eran de los pocos que habían subido a lo alto de la montaña de Malvapica.
Respetaban a Nicolas Guillespie, por salvar a un par de ellos del incendio, y desde entonces dejaron de hacer fogatas y de jugar con el fuego. Ni siquiera les gustaba ya tiznar con carbón.
Su madre a duras penas lograba encauzarlos por el buen camino en los cortos ratos que pasaba con ellos, a la hora del almuerzo y al caer la noche antes de dormir, a pesar de sus portentosas voz y fuerza. Su “padre” Eduard Ribete a duras penas lograba levantarse de un sillón, a causa de su extrema gordura, y sólo contribuía con sopapos cuando alguno se le ponía a tiro. También entre ellos se daban su estopa, pero la cosa no iba a mayores casi nunca. Tampoco les gustaba la sangre. Ni a la Iglesia asistían.
Verlos pasar agrupados y cuando aún tenían energías era todo un acontecimiento, pues se podía adivinar por sus miradas si ya tenían plan para la tarde o andaban buscándolo. En éste segundo caso, mejor que no lo vieran a uno.

Niños corriendo, de Eduardo Verdugo
Aún con todo, eran un mal que el pueblo había sabido soportar y hasta estabilizar. Mejor así, puesto que Los Malos de Fuensanta jugarían un importante papel en esta historia. Casi al final.
Todos y cada uno de Los Malos de Fuensanta tenían una característica común, heredada de la madre. El rostro lo tenían lleno de pecas naranjas a millares. Nadie más en Malvapica tenía pecas, por el momento.
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